Publicación de distribución gratuita del barrio de Balvanera y San Cristóbal


ESCRIBIENDO DESDE LA REALIDAD DE BALVANERA Y SAN CRISTÓBAL
LA ORUGA

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Un Lugar en el mundo
AÑO 2  N 7 AGO-SEPT 2008
Se mira pero...
nO se toca
Si los vecinos de Balvanera y San Cristóbal quieren, cansados del cemento y del trabajo diario, buscar un respiro en los espacios verdes del barrio, les va a resultar difícil. QLP recorrió cuatro plazas recientemente reformadas por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y se encontró con más pavimento, canteros enrejados, muy poco deporte y casi nada de naturaleza. "El espacio verde debe estar prediseñado para la práctica de los deportes y de la recreación.", afirmó Mariano Algava, coordinador del Departamento de Formación Técnica del Instituto de Tiempo Libre y Recreación (ISTLyR), en entrevista con QLP.

El problema de la vivienda en el barrio
Historia de una vecina
Por las calles del barrio se puede palpar el boom inmobiliario que vive la ciudad. Las fachadas de los grandes y modernos edificios en construcción no dejan de impresionarnos, y así parece que Buenos Aires 'va a estar buena'… pero no para todos.

       Olga es parte de una de las cientos de familias desalojadas de la ciudad en lo que va del año, que también son moneda corriente en Balvanera y San Cristóbal. La de esta vecina es una historia más, como la mía o la tuya, de gente que no ha dejado de trabajar y sin embargo no puede acceder a una vivienda digna. El sueño de la casa propia, forjado en generaciones pasadas y convertido en derecho constitucional, es casi una ilusión imposible.
       Olga nació en Salta, y previo paso por Tucumán llegó al barrio hace 4 años porque, según nos cuenta, "allá no salís de la pobreza nunca. Acá venís, trabajas y tenés más posibilidades". Un día bajó de un micro en la terminal porteña de Retiro y ahí empezó a trazar su sueño: "Queríamos darle un mejor futuro a nuestros hijos. No quería que se les pase el tiempo y que ellos no tengan nada". Y así fue que "al otro día ya tenía que ir a trabajar. Allá no encontraba trabajo por tener hijos, pero acá te toman porque ellos están seguros que necesitas la plata y no vas a faltar".
       Cuando llegó a la ciudad vivió con su hermana en Congreso y trabajó un tiempo limpiando casas. De sus trabajos por horas como empleada domestica tiene algunos buenos recuerdos, pero también supieron aprovecharse de su necesidad: "En una casa del barrio de Once, la señora me pagaba $20 por 3 horas diarias. Pero había veces que entraba a las 8:00hs y hasta  las 21:00hs no me iba, y me pagaba $20 igual; y yo los necesitaba". Ahora trabaja 8hs. en una farmacia, está en blanco, pero nos contó que no puede ahorrar:
"Vamos zafando".
Olga cuenta que su marido "consiguió trabajo rápido. Trabajó en una pizzería y después pasó a otra donde le ofrecían mejor sueldo". Cuando él llegó a la ciudad con el resto de la familia, y después de recorrer el barrio cuadra por cuadra, consiguieron una habitación en un hotel de Av. Independencia. Cuando en un hogar existe menos de un cuarto cada 2 personas, se considera que hay hacinamiento. Ellos eran 7 en esa pieza de hotel, donde se volvía a juntar la familia: Belén, Melina, Yanina, Lucas y Joaquín ya estaban en la Capital y compartieron ese techo con su papá y su mamá.
       Las cosas no fueron fáciles para esta familia, "el primer día no teníamos cama, no teníamos nada. Los más chicos lloraban". Pero pronto Olga se dio cuenta que, en el hotel, la mayoría de los vecinos era gente que venía a probar suerte: "todos estábamos en la misma, trabajando". El tiempo pasó y los vecinos se fueron conociendo: "La pasábamos muy bien. Se ve que como vivíamos tanto tiempo juntos se hizo como una familia. Era re lindo, me gustaba ir a la cocina a conversar con las chicas. Nos juntábamos para las fiestas.  Yo tenía la seguridad de que siempre había algún vecino que cono
cía a mis hijos y que los estaba cuidando".
       Todo estaba más o menos tranquilo en el hotel, hasta que un día explotó el tablero de luz. La explosión provocó un incendio, el humo empezó a recorrer los pasillos, las escaleras, empezó a entrar a las habitaciones y mientras los bomberos hacían su recorrido, los vecinos del hotel hacían el suyo: trepar y cruzar al hotel de al lado fue la única salida.
Nadie se hizo cargo del incendio. El encargado de cobrar desapareció por un tiempo. Fue en ese momento que Olga y sus vecinos se organizaron y comenzaron a averiguar las condiciones legales del hotel y se dieron cuenta que de legales no tenían nada. Algunos dejaron de pagar el alquiler hasta tanto se les asegure las condiciones dignas para vivir. Fue varios meses después que los vecinos se enteraron que les estaban haciendo un juicio por
falta de pago.
En abril de este año se iba a consumar el desalojo, pero los vecinos decidieron ir a ver a la jueza, que lo suspendió y convocó a una audiencia a todas las partes. Allí se arregló una nueva fecha. Los desalojados tenían dos meses más para ir a buscar otro hotel y alquilar una piecita sabiendo que no son pocas las posibilidades de que la historia se repita. Algunos, como Olga, todavía andan buscando, y gracias al aguante de algún familiar, pueden tener un techo provisorio.
Después del desalojo, Olga y su familia fueron a vivir a la casa de una de sus hermanas, junto con su cuñado y sus 2 sobrinos. Ella quiere alquilar algo para los suyos pero contó que "en una habitación me pidieron $1500 por mes, pero ni trabajando en blanco 8 horas llego a pagar eso. Y en un hotel no te alquilan porque tenés nenes. Antes porque eran chicos y molestaban jugando  a la pelota, a los autitos; y ahora porque son adolescentes y supuestamente hacen lio, escuchan música fuerte".  Después de un rato de charla, Olga nos confiesa: "estoy mejor en cuestión de trabajo, pero no me gusta estar acá. Quería algo mejor para mis hijos y, a pesar de todo, todavía no perdí la esperanza."
Maqueta de la plaza 1º de Mayo realizada por el GCBA. Sin lugar para el deporte ni la recreación.
Pero empecemos por el principio. La Organización Mundial de la Salud fija como óptimo 15 m2 de espacios verdes por habitante y como mínimo 10 m2. Muy lejos está la Ciudad Autónoma de Buenos Aires que sólo tiene 1,8 m2., ocho veces menos. De los pocos espacios verdes que hay en el barrio, todos son plazas o plazoletas, que ocupan como máximo una manzana y que no permiten muchas de las actividades que toda persona necesita para vivir sanamente.
Un espacio verde, según el Ingeniero Agrónomo Ernesto P. Belli, debe ser un ecosistema que funcione en equilibrio con el ambiente que lo rodea, cumpliendo funciones naturales, como el abrigo de vientos o el mejoramiento del aire, y funciones socioculturales, como el desarrollo de actividades físicas y educativas.
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Espacios verdes del barrio. Muchos menos de los recomendados internacionalmente.
¿Qué hay de todo esto en las refaccionadas plazas del barrio, como Miserere, Primero de Mayo, Velazco Ibarra y Martín Fierro? A decir verdad, prácticamente nada. En las sucesivas reformas, nuestras plazas, de por sí pequeñas y escasas con relación al espacio urbano circundante, se han visto cada vez más cubiertas de cemento. En los pocos lugares verdes no se permite jugar al fútbol, pasear el perro, e incluso, pisar el césped. "Las plazas cumplen hoy meramente una función decorativa, son un lugar de paso, no un espacio de encuentro y recreación", afirmó Mariano Algava. El coordinador del ISTLyR señaló la importancia que tienen el deporte y el juego para la construcción de una
sociedad saludable: "frente al trabajo, el juego y el placer están devaluados. El uso del cuerpo y la alegría que produce el juego, son cuestiones fundamentales, que hoy resultan negadas por los diseños de los espacios verdes de la ciudad."
"Las plazas cumplen hoy meramente una función decorativa, son un lugar de paso, no un espacio de encuentro y recreación"
Plaza de México y Jujuy
Plaza Primero de Mayo
Otras ilustraciones de las maquetas del GCBA